viernes, 5 de junio de 2015

No apoyo la marcha

Ni la censuro, porque me emociona hasta hacerme lagrimear ver que las personas puedan reunirse y plasmar en signos sus ideologías. No me veo motivado a estar a favor de una manifestación cuando considero que se fundamenta en la reacción, pero me da ganas de vivir ver cómo la libertad se mueve sin andar mostrando salvoconductos.
Si quien está leyendo esto no tiene el vicio de la taxatividad, asumirá fácilmente que pese a lo que acabo de afirmar no soy un detractor del movimiento, porque yo nunca golpearía ni mataría a una mujer -ni a un hombre-, ni incitaría activa o pasivamente a otros a hacerlo, ni aprobaría que otros lo hayan hecho.

Por lo general les cedo el asiento. Un poco lo hago por costumbre, porque de chico me mis padres me inculcaron bienintencionadamente que "eso es de caballeros", pero básicamente lo hago porque tengo en cuenta que la mujer en promedio tiene menos resto físico y, quién sabe, puede estar menstruando, aceptando o soportando los mecanismos que su organismo realiza para una función que no eligió o de cuyas consecuencias prefiere no hacer uso. Respeto lo que cada uno desee hacer con su cuerpo, siempre que respete la dignidad de los cuerpos ajenos.
También tengo por costumbre dejarlas pasar primero, abrirles la puerta y ofrecerles cargarles las bolsas. Admito a la mujer que acepta con buen tino esos "gestos" sonriendo, como así a la que graciosamente los rechaza; en este último caso, disfruto si juntos podemos bromear sobre estas actitudes que no están basadas en la sublimación de mis postulados machistas y dominantes sino en la cordialidad, en el peor de los casos.
También admiro a la dama que se pasa la jornada entera en tacos, incluso si es para conseguir la aprobación de sus pares féminas, antes que los favores de un Don Juan. Tampoco protesto cuando veo a una mujer progresar porque abusa de su atractivo físico o su buena predisposición para el goce venéreo, aun cuando eso me pueda perjudicar a mí o a otros en alguna aspiración. No está escrito que las promociones deban estar basadas en los méritos inherentes a la tarea que se va a desempeñar.

Rechazo la violencia física, así como desprecio que otras mujeres agobien o aíslen a otra porque no les gusta su estilo o porque su silueta no se condice con los estándares geométricos que ellas consideran aprobables. "No todas las mujeres son así". Claro, no generalizo. Pero tampoco todos los varones andamos con el puño cerrado listo para impactar sobre un ojo que tiene dos cromosomas X o dañar ovarios con una patada. "Sangrále la cara" lo escuché de una chica, no de un boxeador amateur. Eso también lo repudio.
No replico cuando justifican sus actos poco medidos emocionalmente declarando "y bueno, soy mujer", porque sé que polemizar no favorece a nadie. Las escucho y tomo en consideración sus postulados, aunque sea posible que alguna pueda bajarme el pulgar sin siquiera saber qué siento o pienso yo simplemente porque tengo un pene, aunque en muchos aspectos yo no me maneje o perciba como el varón estándar.

Aunque esté un poco cansado de un sistema que muchas veces nos invita a defendernos antes que a afirmarnos, o que prefiere querellar antes que convencer, creo que uno de los pocos motivos por los que arriesgaría impulsivamente la vida es proteger la libertad de expresión, más si sostiene un derecho legítimo.

Realmente, estoy un poco hastiado de todo, pero de todo posta; sin embargo sigo sonriendo, apostando y aprendiendo, porque todavía creo que todos podemos animarnos a amarnos unos a otros, y a aceptarnos y querernos, no por qué somos, sino porque somos.

Ojo: esto no es una declaración de principios: es un desahogo nada más.


El muy humilde sierv@ de vuestras reverencias

miércoles, 3 de junio de 2015

Las polemistas de Hamelin

«Las damas sensibles y responsables no quieren votar», dijo el presidente estadounidense Cleveland en 1905.


¿Y el amor dónde está en todo este sistema? Ah, no: preferimos prescindir de esa hipótesis, porque nos da miedo.


El muy humilde siervo de vuestras reverencias

jueves, 1 de enero de 2015

No al himno del frustrado

He llegado al hastío de oír las
siguientes frases:

«Yo merezco...»
«Tendrían que reconocerme que...»
«Al final, soy el único que...»
«Durante todo este tiempo siempre fui yo quien...»
«Me cansé de pensar sólo en los demás».

Relax, la capacidad de frustración suele estar directamente relacionada con la de la expectativa que ponemos.
Ahorre energía, más en este verano de recortes.

El muy «Bucay» siervo de vuestras reverencias

viernes, 19 de diciembre de 2014

Borges sí dijo esto

No todo Borges era canyenguismo de salón u orfebrería petulante sobre mitología nórdica. También le hizo una poesía a un gato.

A un gato



No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.


De El oro de los tigres


Pero que hagan decir a Borges frases chochas que podrían haber sido escritas la pared de una letrina de geriátrico me parece demasiado. ¿Por qué esa manía de poner en nuestros muros frases bonitas y vacías, y rematarlas con una autoría falsa y rimbombante?

El aléphico siervo de vuestras reverencias

jueves, 18 de diciembre de 2014

Mafalda sí dijo esto...

... cuando fue el golpe militar de Onganía, y no quedaba bien criticar a los recién llegados.


¿Y ahora la bastardean haciéndola decir frases apócrifas de batatas resentidas, secretoras de conmiseración lastimosa, doctoradas en planchado crónico, promotoras de la ortografía raquítica?

Repito: basta de manosear a Mafalda.

El muy iracundo siervo de vuestras reverencias.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Para los que no compartimos ciertas cosas con la almohada


Acercarse a la poesía como flirteando. Poemón de Wisława Szymborska [viˈswava ʂɨmˈbɔrska] (1923 - 2012), polaca, premio Nobel de Literatura 1996.
Mi versión de la traducción en inglés del original por Magus J. Krynski and Robert A. Maguire.




Cuatro de la mañana 
La hora de la noche al día.
La hora de un lado al otro.
La hora de los que pasamos los treinta.

La ahora adecentada para el canto del gallo.
La hora en que la tierra nos traiciona.
La hora en la que el viento sopla de los astros extunguidos.
La hora de «y si después de nosotros no hay nada».


La hora taimada. Negra, vacía.
El mero fondo de todas las otras horas.


Nadie se siente bien a las cuatro de la mañana.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la mañana

¡bien por ellas!

Y que lleguen las cinco
como si tuviéramos que seguir viviendo.



De Sounds, Feelings, Thoughts: Seventy Poems



El muy desvelado siervo de vuestras reverencias



domingo, 7 de septiembre de 2014

Partir es morir un poco...

... dice Susanita. No hay que esperar que alguien muera para perderlo. Qué es el tiempo, sino una herramienta que nos legó la divinidad para que sepamos que podemos mejorar.


Acep­tar que tal o cual ser, a quien amá­bamos, ha­ya muer­to. Acep­tar que es­te o aquel ser no sea más que un muer­to en­tre mi­llo­nes de muer­tos. Acep­tar que és­te o aquél, vi­vos, ha­yan te­ni­do sus de­bi­li­da­des, sus ba­je­zas, sus erro­res, que no­so­tros tra­ta­mos en va­no de en­cu­brir con pia­do­sas men­ti­ras, un po­co por res­pe­to y com­pa­sión de ellos, mu­cho por com­pa­sión de no­so­tros mis­mos, y por la va­na­glo­ria de ha­ber ama­do so­la­men­te la per­fec­ción, la in­te­li­gen­cia o la be­lle­za. Acep­tar su in­de­pen­den­cia de muer­tos, no en­ca­de­nar­los, po­bres som­bras, a nues­tro ca­rro de vi­vos. Acep­tar que ha­yan muer­to an­tes de tiem­po por­que no exis­te el tiem­po. Acep­tar nues­tro ol­vi­do, pues­to que el ol­vi­dar for­ma par­te del or­den de las co­sas. Acep­tar nues­tro re­cuer­do, pues­to que, en se­cre­to, la me­mo­ria se es­con­de en el fon­do del ol­vi­do. Acep­tar in­clu­so —aun­que pro­me­tién­do­nos que lo ha­re­mos me­jor la pró­xi­ma vez y en el pró­xi­mo en­cuen­tro— el ha­ber­los ama­do tor­pe y me­dio­cre­men­te. 



Marguérite Yourcenar, Peregrina y extranjera



Desde Santafé de Bogotá, el muy chévere siervo de vuestras reverencias

lunes, 7 de abril de 2014

Victoria, la protocronista de los trenes

Probablemente mi primer acercamiento a un ensayo, cuando lo leyó la Señorita Raquel ¿o la Señorita Virginia? Ahí aprendí que existían las palabras «ganga» y «pugilato».

Asombrado de no encontrar este texto en Internet, me obligué a escanearlo. Salve, Victoria. Felices 124.

VICTORIA OCAMPO
El rápido de las ocho y cuarto (F.C.N.G.B.M.)

El rápido de las ocho y cuarto se pone en marcha. He llegado demasiado tarde a Retiro para encontrar asiento. Además, nunca se encuentra asiento en los trenes que salen para el Tigre entre las siete y ocho y media de la noche. Para tener esa ganga hay que merecerla: esperar el tren a su llegada (como si fuese un personaje ilustrísimo) en el andén que le corresponde; abrirse luego paso a empujones y codazos entre la multitud de pasajeros que bajan de los vagones y los que se disponen a tomarlos por asalto, usando de todos los medios a su alcance para llegar primero a los asientos codiciados. De pie, en el espacio que separa dichos asientos, hay siempre una larga fila de pasajeros rezagados y oscilantes. Entre ellos se encuentran los que no han llegado a tiempo para la «largada» del Maratón o los que no sienten afición por los pugilatos. En esta última categoría me encuentro yo.
El pasajero que viaja de pie tiene forzosamente que tratar de mantener un equilibrio precario (estos trenes suburbanos se sacuden copiosamente) apoyando una mano, por ejemplo, en el respaldo de un asiento; el que le quede próximo. Si lleva algún paquete, libros, paraguas o lo que fuere, tendrá que llevarlos con la otra mano, «¡No haber nacido cuadrumanos!», piensa uno en esos trances. ¡Qué bien nos vendría poder disponer, como ellos, de nuestras cuatro extremidades! Estos medios de transporte, «alarde del adelanto moderno», lo exigen. Nuestra envidia confesa del orangután, nuestra nostalgia de su vida en la selva se intensifica siempre en momentos en que el guarda inspector, seguido por un empleado de menos rango, avanza lenta y penosamente por el pasillo: «¡Pases, boletos y abonos!» Si se pertenece al sexo débil (o bello), habrá que abrir la cartera. ¿Con qué mano? ¿Dónde depositar paquetes, libros, paraguas o lo que fuere? Por fuerza de las circunstancias, una mano queda descartada. No hay más remedio que utilizar la otra y soltar, por consiguiente, el único punto de apoyo que se nos ofrece en este mundo movedizo: el respaldo de un asiento. Pero de esta maniobra resultará una peligrosa ruptura de equilibrio que podrá precipitarnos en un cruce de vías, sobre tal o cual pasajero (sentado). Ya veo la cara que pondría, si se diera el caso, este señor malhumorado, indiferente a nuestra suerte (en apariencia) y que cómodamente repantigado en su asiento (algo de envidia le tengo, claro está) ha desplegado «La Razón», engolfándose en su lectura. ¡Pobre! Ha de haber sufrido algún contratiempo en su oficina… ¿O en sus amores? A primera vista parece extraño que alguna mujer pueda quererlo. Pero seamos justos. Si no mediara lo del asiento (la envidia que provoca en mí), o si este buen señor (a lo mejor es bueno) me lo hubiese ofrecido, yo, quizá, imaginara: «Qué cariñoso, qué atento ha de ser con "alguna" mujer…» Es visible que el señor no está para bromas. Ni levanta los ojos del diario cuando le piden el boleto. Por la traza, le han de haber enseñado cuando era niño (hace cuarenta años, calculo) que a un caballero le corresponde ser galante con las «damas». Ahora está tratando de olvidarlo. Pero no lo consigue del todo, y ese resabio de buena educación (o de lo que por tal pasaba) lo tiene molesto. A lo que él siente llaman hoy los psiquiatras un complejo. Ha resuelto no ceder su asiento y su resolución ha tomado una forma casi agresiva, precisamente porque no lo satisface, a pesar de todo. Me dan ganas de decirle: «¡Relaxe! Ninguna "dama" espera de un caballero que le ceda su asiento en nuestro siglo. ¡Vaya una ocurrencia! Puedes mirarme. No te pediré con los ojos que te levantes, señor de “La Razón“. Y tampoco te miraré con aire de pensar para mis adentros: “¡Qué guaso!” ¿No te has enterado definitivamente que has dejado de ser tú “caballero” y yo “dama”? La inocencia te valga. Cambios más estrafalarios se ven todos los días. Éste es sólo uno de los tantos. Hemos salido de la Edad Media. Los hombres (esos que fueron caballeros) se conducen ya en público como suelen conducirse en privado. Sin más miramientos. Más vale así. Los vamos conociendo mejor. ¿Y las “damas”? Sobre ese particular te dejo la palabra a ti, señor de “La Razón”. No he de ser yo quien critique contigo a mi propio sexo». Al llegar a la estación Golf ya le he comunicado mentalmente al viajero malhumorado todo lo que tengo que decirle. Miro para otro lado. A mi izquierda dos mujeres y dos muchachos están sentados frente a frente. Las mujeres no se conocen. Una de ellas lleva en brazos a un chiquito. Lo mira con una sonrisa de adoración. Tiene una cara cansada y simpática de madre trabajadora y alegre. Contenta de su suerte. La otra mujer mira sin ver, con mirada ausente. Está deseando llegar a su casa. Dialoga consigo misma. Lleva un paquete sobre las faldas y guantes de cabritilla destinados a una mano más pequeña que la suya. Esos guantes me acalambran los dedos. ¿Cómo podrá soportarlos?... Los muchachos son estudiantes. Hablan del átomo. Trato de oír lo que dicen. Para eso están hablando. Se quieren lucir. Necesitan público. Son dos verdaderos pavitos reales. Uno de ellos, rubio, con cabeza chica y redonda, pelo ondulado, ojos celestes, nariz recta, boca de negro blanco muy dibujada, se parece al Hermes de Praxiteles. «¿Qué tendrá que ver esta cabeza con estos problemas?», me pregunto. El compañero del Hermes es feúcho, narigón, con pelo lacio y pegoteado, sin gracia ni frescura a pesar de su evidente juventud. «Éste debe ser el que entiende de átomos —pienso—, porque de lo demás…» A los dos estudiantes les tiene sin cuidado la abundancia de mujeres de pie en el pasillo. Cuando eran chicos (ayer), ya no se enseñaba a los varones que fuesen atentos con las «damas». Ellos no tienen complejos a ese respecto, como el señor de «La Razón». Miran a su alrededor sonrientes y despreocupados. ¡Conmueve tanto candor! ¿Qué serán los librotes que llevan?... El tren se para en Olivos, y el Hermes le dice al narigón: «¡Chau, Negro!» y se va. Aprovecharé para el resto del viaje el asiento que deja. El tren se descongestiona. Ya puedo sumirme en la contemplación del anuncio en que vemos a un niño diminuto al borde de un gigantesco plato sopero. Déle menos sopa y más vitaminas, aconseja. Me parece razonable. Menos sopa (a los chicos nunca les hizo gracia la sopa) y más vitaminas. Ya me convenció la propaganda. ¡Qué sugestionables somos! Pero si sigue el chiflón que entra por la puerta que el Mermes de Olivos ha dejado abierta, no resucitarán a los niños que viajan en este vagón ni las vitaminas. ¿Será que los pasajeros del F.C.N.G.B.M. no saben leer? ¿Y que lo del átomo lo aprenden de oído? De otra manera, ¿cómo se explica que no obedezcan a la advertencia: «Cierre la puerta en invierno»? Aquí no se trata ya de «damas» y de «caballeros» de antaño; se trata de bronconeumonía. Me levanto, y cierro yo misma la puerta con un vigor innecesario que evidencia mi fastidio. Nadie se inmuta. Sin embargo, tres o cuatro pasajeros (tal vez más) ostentan todos los síntomas de aquello que mis tías abuelas llamaban romadizo. ¿Será que ya se han echado a muertos? Una señora de pelo blanco que ha subido en Belgrano, con una caja de violín y una canastita, se ha quedado dormida. Tiene aspecto de escandinava o de alemana. No sé por qué me inspira ternura y compasión. Duerme el sueño de los viejos que han abusado de sus fuerzas. Se la siente vencida por el cansancio. Un cansancio que viene de lejos. ¿Habrá acabado tan tarde de dar una lección? No; no viene de cumplir una tarea diaria. Está vestida para una fiesta, con un traje negro, «de circunstancia». Se ha puesto el sombrero con cierta coquetería. Ahora ya no puede más. ¿Quedará su casa lejos de la estación? La caja de violín y el canasto le van a pesar si el trayecto es largo y si tiene que recorrerlo a pie. ¿Estará frío el cuarto en que va a dormir? (Sueño con llegar frente a mi chimenea.) Se me ocurre que ha de vivir en el Tigre. Se ha dormido como sin miedo de pasarse de su estación.
¿Y esa otra mujer, con dos chicos? El mayor, de unos cinco años, traje marinero y boina (Almirante Brown, dice la boina, en letras doradas); el más chico, de meses, y muy envueltito en lana tejida. Ella, joven. Lo veo en su nuca y en su pelo. «Elle a le cheveux jeune» (como decía Chanel), a pesar de la consabida y desastrosa permanente. Lleva un sombrero de «liquidación» de gran tienda, entre nuevo y marchito por el manoseo; apelmazamiento de terciopelo y rosas. Su abrigo parece de corte casero. El chico de la boina Almirante Brown come desganadamente una galletita Lola que la mamá le dio para taparle la boca. Pero el intento fracasó. El chico pregunta y pregunta cosas. Está en la edad del incesante preguntar. La madre saca de una gran cartera de falso lagarto o yacaré un pañuelo usado y te suena las narices mientras él trata de esquivarse, retorciéndose. Los movimientos de la madre provocan el descontento y la protesta del envoltorio de lana tejida. De pronto estalla un llanto. La pobre muchacha no sabe cómo hacer callar a los chicos, ni dónde colocar su cartera de falso cocodrilo. Los chicos se mueven tanto, que no caben con su madre y el cocodrilo en dos asientos. Miro la nuca de pelo castaño. ¡Cuántos cuidados le han de costar estos vástagos, el abrigo, el sombrerito, los rulos de la permanente! Con esos rulos y ese sombrerito tiene que reconquistar diariamente a un marido que quizá la quiera o que quizá busque diversiones fuera de casa... Esto sí que es complicado. ¡Ay!, pienso, ¡qué trabajo cuesta ser feliz, particularmente entre los veinte y los treinta! El niño envuelto en pañuelos de lana seguía llorando. Bajaron en Martínez. Al llegar a su casa, ella habrá guardado en seguida su sombrero. Parecía una mujer muy ordenada.
En San Isidro, mi destino, no encontré taxi. Esperé hasta que regresó uno de llevar al cliente. Resultó ser un chauffeur que conocía la quinta donde vivo como sus manos. Además, le gustaba conversar. «Hace veinte años, yo venía aquí (se refería a la quinta) dos veces por día a traer una cocinera, una morena, gorda. ¿Se acuerda, señora?... ¡Qué tiempos aquéllos! Habrá fallecido ya la cocinera, ¿no?»
¡Qué corta es la vida, pensé, y qué verdad encierran siempre los lugares comunes más comunes! Lo que no comprendo es cómo siendo la vida tan corta (todos lo comprobamos a diario), resultan tan largos los viajes de Retiro a San Isidro en el rápido de las ocho y cuarto. Creo que ha de ser cuestión de chiflones.

(De En la calle. En Soledad sonora. Buenos Aires, Sudamericana  1950)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Frío, frío, congelado...

Un hombre volvía a su casa de noche y se encontró con Nasrudín en cuatro patas tanteando el piso debajo de un farol.

- ¿Perdió algo, Maestro? -preguntó el hombre.

- Sí, mi llave -contestó Nasrudín, muy concentrado.

El hombre se agachó para ayudar en la búsqueda. Pero después de un rato, seguían sin tener éxito. El hombre comentó:

- ¿Está seguro de que se le cayó por acá, Maestro?

- No, seguro que fue en mi casa.

- Y entonces ¿por qué la está buscando en este lugar???

- ¡Porque acá hay más luz!

sábado, 4 de agosto de 2012

Alicia ya no viaja así

Jubilar a un nuevo medio de comprobante de viaje es todo un evento. Adiós, Monedero. Imprevistamente llegó a mi vida, como una venérea, pero el progreso la ha llevado por delante, como ojalá ocurra con todas las venéreas.

Irá a dormir al cementerio vivo de cosas inútiles, de donde puedo resucitarla para revivals memorabílicos, sin recurrir a médiums ni quedarme con tribulaciones morales por andar perturbando el descanso de los difuntos.
Convivirá con un cospel de subte, mi gran colección de boletos capicúa -y mi mayor aún colección de boletos no capicúa, que tengo ordenados por número, pero que yo juntaba porque me gustaban los números de serie-, mi puñado de boletitos de cartón del viejo Roca, y algún que otro boleto desteñido de mis primeros viajes en colectivo con máquina expendedora.
¡Ah! Y la vedette, la bip! de Transantiago. Comienza la colección de tarjetas de medios de transportes masivos del mundo. Tendré que ir buscando más cajas. ¡Iuju!

El lunes estreno la SUBE. Deséenme suerte.

domingo, 26 de febrero de 2012

Vicki mon amour


Es el primer fin de semana largo que tengo en meses, y me dije: «Pibe, aprovechá, sos joven». Una tarde fresca, sensualmente húmeda, con el sol que ya se escapaba de mi jardín intramuros. Y salí a lustrar mis zapatos.

Empuñando virilmente mi calzado en una mano y en la otra una media que me costó años declararla como trapito para lustrar, comencé a frotar vigorosamente el zapato izquierdo, lubricando los movimientos con esa pomada especial que me encajaron en la zapatería. Como buen consumidor, sé que con el precio al que me la cobraron, no le queda otra que ser buena. La vendedora lo dijo.


El frescor estival mesaba mis cabellos mientras yo me dedicaba a estimular mis glándulas sudoríparas. Pero las terminé exacerbando cuando noté que en el zapato derecho había un... ¡chicle! Embarrado sobre el cuero como por sombrero del Profesor Jirafales. Casi se me cayó el pelo de la impresión. Así que fui a por alcohol y cómo pude olvidarte... apareciste tú.

Te acaricié con cada dedo, estabas más suave que nunca, y no te importó que tuviera las manos marrones de pomada. Ya sé dónde te gusta que te toquen, y de inmediato me ofreciste tu fino y radiante brazo. Y empezamos. Media, alcohol, tu uña afilada y delicada. Over and over. Hasta que, finalizada la labor, ni mi propia madre podría sospechar que alguna vez hubo desperdigados los restos de caucho con saliva de otra persona sobre la capellada.

Me ayudaste vos, como siempre, como cuando arreglamos el cablecito quemado del velador, como cada vez que me impiden disfrutar del placer de desatar orientalmente la soguita de la pizza, como cada vez que necesito cortarme las uñas estando de viaje.

Te busqué en Adrogué, pero estabas en Burzaco, entre carpas y reeles. Te vi y fue amor.
Eso, amor. Porque sufro cada vez que te abandono porque no dejan que estés conmigo en el bolso de mano en el avión.

Te amo a vos porque sos fiel, porque te gusta hacer cosas de nerdy doméstico, porque tenés ese encanto suizo que me subyuga: eficiencia teutona, seducción gala, utilitarismo itálico.

Te amo, ricurita linda, mi helvética coloradita adorada, Vicki Victorinox.

sábado, 14 de enero de 2012

Don't mess con mi pelo, papi

Comienza a escamotear sus rayos Febo en Marble City, hoy sábado 14 de enero de 2012, toda una localidad respira entrecortada a la espera del comienzo del apasionante match entre los elegantísimos Forzosos de la Sociedad de Fomento Barrio La Primavera de Burzaco, que han llegado desde sus lejanas tierras con su inmarcesible mentalidad ganadora, liderados por Marian «Pep» Gómez, y los dueños de casa, Marble Town United Hairdressers FC (no de «Football Club» sino de «Ferrocarril», por estar la sede frente a la estación), al mando de Miguel «Mou» Ángel.

Tensa calma se avizora entre los contendientes, una vez que los Forzosos salen de vestuario. Los visitantes, de impecable casaca marrón, bermudas azules y calzado havaiano negro, salen al encuentro de sus apáticos contrincantes, de look «Angelo Paolo», en esta reedición del amistoso jugado hace tres meses. Ahora van por el campeonato. ¡Y arrrrrrrrrrrrrrrrrrrrranca el partido! Los burbujeantes hijos de Burzaco son dueños del saque inicial:

Forzosos: Hola.
Marble Town: Hola.
Calma chicha en la cancha.

F: Me vengo a cortar el pelo... (¿No me vas a señalar la butaca, malpocao?)
MT: Sí, sentate. (No, si esperaba que hicieras el «haka» antes de empezar).

El aire se corta con tijeras, queridos lectores. Ante ese primer amague, avanzan los locales:
MT: ¿Cómo te vas a cortar?
F: No, bueno... cortito. Sin perder el volumen...

¡Se animan los Hairdressers! Muestran los dientes no bien ingresan al área enemiga:
MT: ¿Y el volumen de todo este pelo acumulado atrás te lo querés dejar también? (Parece que te hubieran dejado una almohada capilar en la nuca... ¿Quién fue el criminal?)

¡Movimiento al límite del reglamento! ¡Chequeemeló, Castrilli! Sorprendidos los Forzosos en esta primera jugada, titubean con el esférico bajo los tapones de su Fulvencito:
F: Pasa que se me acumula mucho atrás...

Esto está decidido, amigos, los marmoleños salieron a asegurar el partido de entrada:
MT: Esto te lo dejaron así la última vez que te lo cortaron. (Cómo se nota que no te cortás el pelo conmigo, hereje del coiffeurismo...)

¡Gran seguidilla de paredes, me recuerda al «fútbol total» de la Naranja Mecánica! Esto es un ataque fulminante. La Máquina de Rrrrrrrrrrrriver sale con todo, con el monopolio del balón, y... ¡atenti! ¡Contraataque de la visita! Roban el esférico tan rápido que los Hairdressers apenas salen de su asombro. Han visto baja su guardia, pero ya es demasiado tarde. Los Forzosos alzan la cabeza, miran el arco ajeno, rematan y...

F: La última vez que me corté hace tres meses fue acá. (Este mencionado tolondrón de pelo me lo dejaste vos, y encima eso mismo me dijiste la primera vez que me corté, bendita memoria de mi ex peluquera...)

¡GOOOOOOOOOOOOOL! ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOL! El porterito local se encontró desprevenido ante semejante bombazo de fuera del área. La visita se regodea junto con su afición que llegó desde tan lejos a alentar.

MT (llevando bajo el brazo el balón al punto central, rezumando venganza. Parece que volverán a intentar entrar al campo enemigo por el mismo lateral): Entonces, ¿te querés dejar el volumen?
F: Sí, pasa que éste es mi primer sábado libre después de varios meses, durante la semana tengo horarios malos, y...
MT: Ah, entonces no tenés tiempo de ir a cortarte el pelo, te lo cortás cada tres meses... ¡y querés mantener el volumen! (¿Quién te asesora, zopenco? ¿El joven manos de tijera?)

Gol. Gol de los artesanos del cabello. Esto está 1 x 1, amigos. Hierve la cancha, señores. Los de Burzaco quedan paralizados frente a este desliz de la defensa. Sabella, despertáte. Definitivamente, esto no es un amistoso. Los presidentes de las confederaciones piden calma, para que esto no termine en un tole-tole.

Después de varios minutos de cauteloso juego, el encuentro se ha calmado, amigos. El balance se mantiene. Ahora los locales están maniobrando con elegancia, y la visita está exhibiendo jugadas de pizarrón, de las que conservan para sus «nonagression agreements». El derrotero está enjaulado en la mediacancha, entre comentarios sobre el naufragio del «Costa Concordia» -los burzaqueños encuentran acertado no hacer doctas comparaciones sobre este desastre y el del «Andrea Doria»-, el intercambio de turistas de temporada y la vigencia de Technotronic.

Jugadas de muestra:
F: Que se me vean las entradas, por favor.
MT: ¿Sí?
F: Sí, pasa que si no, me dan menos edad...
MT: ¿Qué edad tenés?
F: Treinta.
MT (polite smile): Sí, si parecés de veintipocos...

Amigos, parece que ahora que estamos llegando al final de esta apasionada justa, los ánimos se han calmado.
Pero... ¿qué estoy viendo? Tijeras en puño, los artesanos del cabello están performando una última jugada que puede terminar en polémica. ¡Desempolven el Telebeam!

MT: ¿Así que se te caía el pelo? ¿Y por qué no más?
F: No, pasa que probé algunos Head & Shoulders contra caída del pelo, y después me recomendaron una ampolla de Biferdil...
MT: ¿Y quién te lo recomendó?
F: El champú lo compré en el supermercado, y lo otro, hablando con un amigo que...

¡Emociona la candidez de la visita! ¡Se le escurre el balón de entre los pies como corvina iracunda del anzuelo! Situación que es aprovechada por la localía, que en una muestra deportiva que no ameritaría el premio Fair Play precisamente, arremete con un:

MT: ¡Grave error! Lo que vos tenés que hacer es ir a un dermatólogo y que encuentre el motivo de la caída de tu cabello. ¡Mirá si a tu amigo se le cae por estrés y resulta que a vos se te cae por problemas del hígado! Lo que le sirvió a tu amigo, no necesariamente te tiene que servir a vos, y...

La jugada completa sería engorrosa de relatar, queridos lectores, ¡pero lo cierto es que esto es una clara PLANCHA! Violentísima plancha, que los bravos visitantes no olvidarán, y que quedará inscrita en los anales de los partidos amistosos intersureños. A un equipo apasionado no se le puede decir que comete errores, más cuando es cliente, y el cliente SIEMPRE tiene la razón... (¡más si se trata del «Pep» Gómez!) ¿Dejaste la tarjeta roja en la mesita de luz, referí?

Terrrrrrrrrmena el partedoooooooooo... Pitazo final, ¡y esto es un empate!

Todavía frotándose las canillas y a regañadientes, los Forzosos pagan y estrechan la mano de sus anfitriones, pensando en escribir una nota de queja a la AFA para que les den al menos un par de fechas por falta de espíritu deportivo...

Auspició este momento: Casa Bassetti (iba a poner Radio Sapienza, pero a la vuelta pasé a comprar una afeitadora, y tenían sólo DOS en todo el negocio, y la más nueva parecía hecha en 1970).

No hay vuelta que darle: Cada vez hiervo a menor temperatura. ¡Calmáte, Hellmuth!

El muy «Look the hairdo!» siervo de vuestras reverencias

martes, 11 de enero de 2011

Para los que hemos mirado las canciones de María Elenita

Muchachos, se fue María Elena, y tenemos que seguir cuidándole el mundo que creó. Propongo que nos repartamos las tareas:


Uno que abrigue a la leche que tiene frío.

Uno que no le tire con cuchillo a la naranja que se pasea de la sala al comedor.

Uno que prevenga a la hormiga Titina de los peligros de caminar con maña por la telaraña.

Uno que se lamente porque el último tranvía que rueda todavía se vaya, se vaya, se vaya.

Uno que sea duende fiel del jardín y les toque el cascabel a las flores cuando estén tristes.

Uno que sienta llover una flor y otra flor celeste de jacarandá al este y al oeste.

Uno que tome solcito a la orilla del mar con Perro Salchicha.

Uno que adivine, adivinador, adivine.

Uno que le pregunte a Manuelita dónde va.

Uno que escuche cantar mucho a Juan Poquito.

Uno que baile chacarera con los gatos.

Uno que piropee a la bella sirena buena buena.

Uno que apunte con el dedo a la reina Batata.

Uno que no llore con la vacuna Luna-luna-lú como el brujito de Gulubú.

Uno que avise que por el camino vienen los Reyes Magos.

Uno que no se ría de las monerías de la Mona Jacinta.

Uno que vea vea vea que vuelan estampillas por el correo.

Uno que consuele al gato Confites cuando le duela la muela.

Uno que junte tira con tirita, y ojal con botón.

Uno que llame José al sol cuando sale y escuche al pajarito chino cantar en japonés.

Uno que cuente las cosas que quería comprar el osito Osías en un bazar.

Uno que rumie la lección en un rincón junto a la vaca de Humahuaca.

Uno que vea o no vea al gato que pes- allí, allí, sentado en su ventaní-.

Uno que perdone a la viuda Pájara Pinta ponerlo triste cuando la oiga cantar.

Uno que anuncie que en Belén ha nacido un Niño con tres pecas en la nariz.

Uno que no espante a las polillas que comen lana de color con cuchillo y tenedor.

Uno que le unte la mermelida Don Enrique del Meñique, el que se enganchó los pantalines.

Uno que adivine quién es ésta, que está en el aljibe con su camisón.

Uno que mire sin ver los mil quinientos treinta chimpancés del señor llamado Andrés en el Reino del Revés.

Uno que estornude a-a-a-a-a-a-chís.

Uno que escuche a D's dictándole el argumento al señor Juan Sebastián.

Uno que dé un pasito para allí y no recuerde si lo dio.

Uno que pida que se enciendan las nuevas luces del viejo varieté.

Uno que se queje de lo vivos que son los ejecutivos.

Uno que publique que una madre ama a su crío con su caca, en plena vigencia del País-Jardín-de-Infantes.

Uno al que le duela si se queda, pero que le duela si se va.

Uno que a la hora del naufragio y la de la oscuridad nos rescate para ir cantando al sol como la cigarra.


© El muy walshesco siervo de vuestras reverencias, aka Mariano Hellmuth

10/1/2011

domingo, 28 de septiembre de 2008

Así: Mundo 1, Yo 0


Por lo general desprecio la actitud que tienen las personas que se encuentran aturdidas por «el mundo», que tan poco los comprende y tantas desgracias les acarrea.
Como me gusta decir, siete mil millones de personas no pueden estar equivocadas. ¿No es más fácil, más prudente, más piola, más afectivamente económico suponer que es uno el que tiene el punto de vista inadecuado?
Siguiendo con la línea de Gibran, dejo otro texto del mismo libro. Pero no considero a Gibran un resentido, aunque se dirija a algún dios. Busca la solución al problema del mundo fuera del sistema de este mundo, pero expresa tan profundamente las cosas, que le concedo el beneficio de la duda. El mundo que pinta es muy similar al que veo yo, pero a mí me gusta buscarle otra vuelta...
«The Perfect World», recién transliterado al castellano-marianense.


Dios de las almas perdidas, Tú que estás perdido entre los dioses, escúchame;
Destino Gentil que velas por nosotros, locos, espíritus fugitivos, escúchame:
Habito en medio de una raza perfecta, yo, el más imperfecto.
Yo, un caos humano, una nebulosa de elementos confusos, transito entre mundos acabados, gentes de leyes cabales e impecable orden, cuyas creencias están contabilizadas, cuyos sueños están calculados, y cuyas visiones están ya anotadas y registradas.
Sus virtudes, oh Dios, están medidas, sus pecados están sopesados, e incluso las incontables cosas que ocurren en el oscuro crepúsculo de lo que no es pecado ni virtud están guardadas y catalogadas.
Sus días y noches están divididas en etapas de comportamiento y gobernadas por reglas de una exactitud impune:
Comer, beber, dormir, cubrir la propia desnudez, y hasta estar cansado en el momento indicado;
El trabajo, el juego, el canto, el baile, e incluso irse a dormir cuando el reloj indica la hora;
Pensar de cierto modo, sentir de determinada manera, para dejar de pensar y de sentir cuando una estrella se eleva sobre el horizonte;
Robar a un vecino con una sonrisa, el darse regalos con un simpático gesto, elogiar hábilmente, inculpar cautamente, destruir un alma con una sola palabra, calcinar un cuerpo con el aliento, y también lavarse las manos cuando el trabajo del día ha finalizado;
Amar de acuerdo a una regla estipulada, satisfacerse a sí mismos del modo acostumbrado, adorar a los dioses convenientemente, intrigar a los demonios arteramente… y después olvidarlo todo, como si la memoria hubiese muerto;
Tener afecto con algún motivo, observar con consideración, ser felices dulcemente , sufrir noblemente… y luego vaciar la copa que mañana nuevamente habrán de llenar.
Todas estas cosas, oh Dios, son concebidas con juicio, generadas con determinación, cuidadas con rigor, manejadas por normas, regidas por la razón, y asesinadas y sepultadas siguiendo un método prescrito. Hasta sus tumbas silenciosas, que yacen en el interior del alma humana, están rotuladas y numeradas.
Éste es un mundo perfecto, un mundo de excelencia intachable, un mundo de sublimes maravillas, el más exquisito de los frutos del jardín de Dios, el esquema perfecto del universo.
Pero ¿por qué debo estar aquí, oh Dios, yo, una semilla infértil de una pasión insatisfecha, una loca tormenta que no va hacia el oriente ni el occidente, un azorado despojo de un planeta arrasado?
¿Por qué estoy acá, oh Dios de las almas perdidas, Tú que estás perdido entre los dioses?



El muy impacientado siervo de vuestras reverencias

viernes, 26 de septiembre de 2008

Un poema para el otro

Uf, un texto de Jalil Gibran. ¿Queda algo de espacio en los oídos posmodernos para el loco Gibran? (Lo bueno de traducir un texto, es que es un crimen que es muy difícil de imputar; ésta es mi versión de «My Friend», de The Madman, publicado en 1918).


Amigo, yo no soy lo que parezco. Mi apariencia es un atavío que llevo, un abrigo que me protege de tus cuestionamientos, y a vos de mi negligencia.
El «yo» que hay en mí, mi amigo, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá por siempre, inadvertido, inasequible.
No pretendo que creas en lo que digo, ni que te fíes de mis acciones, pero mis palabras no son nada sino tus propias ilusiones transformadas en voz, y mis acciones son tus esperanzas, hechas realidad.
Cuando decís: «El viento sopla hacia el este», digo: «Ah, sí, sopla hacia el este», porque no quiero que sepas que mi mente no está en el viento, sino en el medio del mar. No podés comprender mis pensamientos navegantes, ni me preocupa que los comprendas. Estoy en el mar, solo.
Cuando es de día para vos, mi amigo, es de noche para mí; incluso te hablo del sol del mediodía que danza por las colinas y de la sombra púrpura que se cuela furtivamente entre los valles, para que no puedas oír los sones de mi oscuridad, ni verme agitar mis alas hacia las estrellas. Pícaramente no dejo que puedas oírme ni verme. Estoy en la noche, solo.
Cuando ascendés a tu cielo, yo me bajo a mi infierno; desde allí tu voz atraviesa nuestro abismo invadeable, y me dice: “¡Mi par, mi camarada!”, y te respondo: “¡Mi par, mi camarada!” para que no puedas ver mi infierno. Las llamas abrasarían tu vista, y el humo te dañaría. Yo amo a mi infierno; tanto, que no te dejo visitarlo. Estoy en el infierno, solo.

Vos amás la Verdad, la Belleza, la Rectitud; y para darte el gusto digo lo mismo, y finjo amar esas cosas. En lo más íntimo de mi corazón, yo me río de esos valores tuyos. Pero no te dejo ver mi risa. Yo me río, solo.
Mi amigo, sos bueno, candoroso y sabio; ¡qué va! Sos perfecto. También yo te hablo sabiamente y candorosamente. Pasa que yo… yo estoy loco. Pero disfrazo mi locura. Estoy loco, solo.
Mi amigo, vos no sos mi amigo. Pero ¿cómo hacértelo entender? Mi camino no es el tuyo, pero vamos juntos, mano en mano…

El muy humilde amigo de vuestras reverencias

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Pandemia de autorreferencialidad

«Y según comienzo a coleccionar títulos contradictorios, tengo la impresión de que empiezo a conseguir algo. Porque, sea lo que yo sea, soy una contradicción». (Caleidoscopio. Autobiografía de un jesuita, Carlos García Vallés).

Se habla porque se tiene boca, se escribe porque se tienen dedos... ¡Ufanarse de ser contradictorio! ¡Es creerse que uno es capaz de decir algo!
Nada más hay voces capadas, porque no hay nada concreto del otro lado en lo que puedan hacer eco...
Quién tendría el látigo eficiente, para expulsar a los vendedores del templo de la comunicación...
El muy acibarino siervo de vuestras solas reverencias

Y todo por tener un Omega

Lugares comunes: «encuentro inesperado», «toparse inesperadamente», «mirada furtiva», «tragar saliva»... Un recurso no renovable que se esquilma como si lo fuera.
Con delay, un par de días después, me vino a la mente la mejor publicidad que recuerdo haber visto, hace como una década, en El show creativo de mi coterráneo Gujis -y que Youtube no ha tenido la generosidad de refrescarme esta vez-. Era de los relojes Seiko, sobre un hombre y una mujer, caminando en la multitud -ah, los que vivieron aunque sea un par de años con conciencia en los 80 me comprenderán-, en direcciones que los llevarían inexorablemente a chocarse, a mirarse, a conocerse, y a comenzar a considerar el resto del tiempo como un asunto de dos.
Y no, cuando convergieron en el punto fatídico... ni llegaron a rozarse, y siguieron de largo. Uno de los dos seguramente no usaría un Seiko, y por un segundo mal calibrado no fue lo que iba a ser.
¿Adónde quiero llegar? Como siempre, a ningún lado.
Para un rato de ocio, o de tribulaciones: «Cobardía» de Luis Durand y «El relojero» de Mamerto Menapace (¿Reminiscencias catolicosas? No, el cuento es muy lindo, pese a la analogía inverosímil).


El muy humilde siervo de vuestras reverencias

La función agota al órgano

Una vez, a la Mona Jiménez, cuando era joven, le pegaron un botellazo en la cabeza. Quedó inconsciente, y su rehabilitación le llevó semanas. Eso significó aprender a hablar, a comer, a caminar...
De repente, casi hombre, me veo dueño una serie de nuevos órganos, que, como todo órgano, yo no elegí tener, y a los cuales tendré que asignar alguna función, para que no se vuelvan un contrapeso.
Ahora se me ocurre estúpidamente que la vida es un plan como los que te diseña un empleaducho ignorante -de esos que escrituraron la década pasada-, y que te venden unos energúmenos por teléfono, y que vos aceptás comprar y pagar; pero, leyendo la letra chica del contrato que te envían semanas después de la adquisición, te das cuenta de que hay una serie de intereses y servicios extra que no te queda otra que pagar... hasta que puedas rescindir. Y no hay protección al consumidor que pueda con tan poderosa empresa multiplanetaria...
«Cuando un cliente compra una cosa, está comprando dos...» (Manolito, Mafalda 9)


El muy humilde siervo de vuestras reverencias

Fatiga atlántica



Atlas, veo tus brazos temblar...

Tenés los hombros irreconocibles por las escaldaduras de mi firmamento. Las venas de tu cuello laten como si por ellas corriera lava, y no sangre. Las gotas de tu sudor se funden con las lágrimas de tu agotamiento. Tus codos se sacuden con una cadencia de Vesubio. Tu faz de Ecce Homo mueve.

Alguna vez mi bóveda te iba a empezar a pesar, y ese momento es definitivamente éste. Es muy difícil acomodar los astros... más cuando muchos de ellos se mantuvieron inertes veintiséis años.

Que no falle tu muñeca.


El muy agotáu siervo de vuestras reverencias

lunes, 18 de agosto de 2008

Pour Connie, avec tout mon amour [Posteo original: 22/12/06]

[N. del R.: Este posteo de fotolog estaba dedicado a la diva conocida ahora como Connie Casiraghi...]
Je t’avais dit que je te surprendrais avant la fin du année.
Este fotolog se va liquidando, ella lo exigió, y la justicia es hacerlo:
Porque es la única mina de mi entorno que curte estas cosas raras como un fotolog y me guía en sus laberintos como Ariadna cibernética, y no me hace sentir el único salame, ni me critica lapidariamente mis posteos –aun siendo propietaria de la lengua más filosa que conozco–. Y encima, firma.
Porque es la única que nunca me dice “No”, ni “Sí, pero...”, sino: “Uuuuuuuh, Marian, ¿cuándo empezamos?”.
Porque es el único personaje que aparece discretamente una y otra vez en mi biografía, desde que éramos muy pibes –aunque nunca acreditó tener esa foto mía de impúber en Maciel–, como el Govinda de Siddharta, la Jenny de Forest Gump y el Bo-bo de Mr. Burns.
Porque, a raíz de eso, es la única figurita que está en casi todos los álbumes de la gente de nuestra generación de Adrogué –prácticamente TODOS la conocemos desde chicos–.
Porque es la única que se bancó conmigo pasar la madrugada del primer día de este año en Adrogué, cuando todos los otros esnob (ja, ja, ja...) se fueron a la fiesta del San Albano.
Porque es la única que me prestó su camilla esa misma noche, cuando me achacaban mi hipo crónico y mi gamba acalambrada.
Porque es la única que se prende en una conversación filosófica, literaria y farmacológica, ya sea en inglés, francés o portugués.
Porque es el único ser humano que conozco que me demostró que le pudo sacar el jugo a Freud.
Porque es la única persona que, sin seguir a la manada, es capaz de ser igual a sí misma.
Porque es mi única sacerdotisa del Falgos, Ibupireta, Clonazepam o Sildenafil.
Porque brindaremos el 8/12/2081 y el 16/3/2086.
Para la hetaira monegasca, latina y semita, va dedicado este merecido posteo
El muy humilde siervo de vuestra reverencia