lunes, 7 de abril de 2014
Victoria, la protocronista de los trenes
Asombrado de no encontrar este texto en Internet, me obligué a escanearlo. Salve, Victoria. Felices 124.
VICTORIA OCAMPO
El rápido de las ocho y cuarto (F.C.N.G.B.M.)
El rápido de las ocho y cuarto se pone en marcha. He llegado demasiado tarde a Retiro para encontrar asiento. Además, nunca se encuentra asiento en los trenes que salen para el Tigre entre las siete y ocho y media de la noche. Para tener esa ganga hay que merecerla: esperar el tren a su llegada (como si fuese un personaje ilustrísimo) en el andén que le corresponde; abrirse luego paso a empujones y codazos entre la multitud de pasajeros que bajan de los vagones y los que se disponen a tomarlos por asalto, usando de todos los medios a su alcance para llegar primero a los asientos codiciados. De pie, en el espacio que separa dichos asientos, hay siempre una larga fila de pasajeros rezagados y oscilantes. Entre ellos se encuentran los que no han llegado a tiempo para la «largada» del Maratón o los que no sienten afición por los pugilatos. En esta última categoría me encuentro yo.
El pasajero que viaja de pie tiene forzosamente que tratar de mantener un equilibrio precario (estos trenes suburbanos se sacuden copiosamente) apoyando una mano, por ejemplo, en el respaldo de un asiento; el que le quede próximo. Si lleva algún paquete, libros, paraguas o lo que fuere, tendrá que llevarlos con la otra mano, «¡No haber nacido cuadrumanos!», piensa uno en esos trances. ¡Qué bien nos vendría poder disponer, como ellos, de nuestras cuatro extremidades! Estos medios de transporte, «alarde del adelanto moderno», lo exigen. Nuestra envidia confesa del orangután, nuestra nostalgia de su vida en la selva se intensifica siempre en momentos en que el guarda inspector, seguido por un empleado de menos rango, avanza lenta y penosamente por el pasillo: «¡Pases, boletos y abonos!» Si se pertenece al sexo débil (o bello), habrá que abrir la cartera. ¿Con qué mano? ¿Dónde depositar paquetes, libros, paraguas o lo que fuere? Por fuerza de las circunstancias, una mano queda descartada. No hay más remedio que utilizar la otra y soltar, por consiguiente, el único punto de apoyo que se nos ofrece en este mundo movedizo: el respaldo de un asiento. Pero de esta maniobra resultará una peligrosa ruptura de equilibrio que podrá precipitarnos en un cruce de vías, sobre tal o cual pasajero (sentado). Ya veo la cara que pondría, si se diera el caso, este señor malhumorado, indiferente a nuestra suerte (en apariencia) y que cómodamente repantigado en su asiento (algo de envidia le tengo, claro está) ha desplegado «La Razón», engolfándose en su lectura. ¡Pobre! Ha de haber sufrido algún contratiempo en su oficina… ¿O en sus amores? A primera vista parece extraño que alguna mujer pueda quererlo. Pero seamos justos. Si no mediara lo del asiento (la envidia que provoca en mí), o si este buen señor (a lo mejor es bueno) me lo hubiese ofrecido, yo, quizá, imaginara: «Qué cariñoso, qué atento ha de ser con "alguna" mujer…» Es visible que el señor no está para bromas. Ni levanta los ojos del diario cuando le piden el boleto. Por la traza, le han de haber enseñado cuando era niño (hace cuarenta años, calculo) que a un caballero le corresponde ser galante con las «damas». Ahora está tratando de olvidarlo. Pero no lo consigue del todo, y ese resabio de buena educación (o de lo que por tal pasaba) lo tiene molesto. A lo que él siente llaman hoy los psiquiatras un complejo. Ha resuelto no ceder su asiento y su resolución ha tomado una forma casi agresiva, precisamente porque no lo satisface, a pesar de todo. Me dan ganas de decirle: «¡Relaxe! Ninguna "dama" espera de un caballero que le ceda su asiento en nuestro siglo. ¡Vaya una ocurrencia! Puedes mirarme. No te pediré con los ojos que te levantes, señor de “La Razón“. Y tampoco te miraré con aire de pensar para mis adentros: “¡Qué guaso!” ¿No te has enterado definitivamente que has dejado de ser tú “caballero” y yo “dama”? La inocencia te valga. Cambios más estrafalarios se ven todos los días. Éste es sólo uno de los tantos. Hemos salido de la Edad Media. Los hombres (esos que fueron caballeros) se conducen ya en público como suelen conducirse en privado. Sin más miramientos. Más vale así. Los vamos conociendo mejor. ¿Y las “damas”? Sobre ese particular te dejo la palabra a ti, señor de “La Razón”. No he de ser yo quien critique contigo a mi propio sexo». Al llegar a la estación Golf ya le he comunicado mentalmente al viajero malhumorado todo lo que tengo que decirle. Miro para otro lado. A mi izquierda dos mujeres y dos muchachos están sentados frente a frente. Las mujeres no se conocen. Una de ellas lleva en brazos a un chiquito. Lo mira con una sonrisa de adoración. Tiene una cara cansada y simpática de madre trabajadora y alegre. Contenta de su suerte. La otra mujer mira sin ver, con mirada ausente. Está deseando llegar a su casa. Dialoga consigo misma. Lleva un paquete sobre las faldas y guantes de cabritilla destinados a una mano más pequeña que la suya. Esos guantes me acalambran los dedos. ¿Cómo podrá soportarlos?... Los muchachos son estudiantes. Hablan del átomo. Trato de oír lo que dicen. Para eso están hablando. Se quieren lucir. Necesitan público. Son dos verdaderos pavitos reales. Uno de ellos, rubio, con cabeza chica y redonda, pelo ondulado, ojos celestes, nariz recta, boca de negro blanco muy dibujada, se parece al Hermes de Praxiteles. «¿Qué tendrá que ver esta cabeza con estos problemas?», me pregunto. El compañero del Hermes es feúcho, narigón, con pelo lacio y pegoteado, sin gracia ni frescura a pesar de su evidente juventud. «Éste debe ser el que entiende de átomos —pienso—, porque de lo demás…» A los dos estudiantes les tiene sin cuidado la abundancia de mujeres de pie en el pasillo. Cuando eran chicos (ayer), ya no se enseñaba a los varones que fuesen atentos con las «damas». Ellos no tienen complejos a ese respecto, como el señor de «La Razón». Miran a su alrededor sonrientes y despreocupados. ¡Conmueve tanto candor! ¿Qué serán los librotes que llevan?... El tren se para en Olivos, y el Hermes le dice al narigón: «¡Chau, Negro!» y se va. Aprovecharé para el resto del viaje el asiento que deja. El tren se descongestiona. Ya puedo sumirme en la contemplación del anuncio en que vemos a un niño diminuto al borde de un gigantesco plato sopero. Déle menos sopa y más vitaminas, aconseja. Me parece razonable. Menos sopa (a los chicos nunca les hizo gracia la sopa) y más vitaminas. Ya me convenció la propaganda. ¡Qué sugestionables somos! Pero si sigue el chiflón que entra por la puerta que el Mermes de Olivos ha dejado abierta, no resucitarán a los niños que viajan en este vagón ni las vitaminas. ¿Será que los pasajeros del F.C.N.G.B.M. no saben leer? ¿Y que lo del átomo lo aprenden de oído? De otra manera, ¿cómo se explica que no obedezcan a la advertencia: «Cierre la puerta en invierno»? Aquí no se trata ya de «damas» y de «caballeros» de antaño; se trata de bronconeumonía. Me levanto, y cierro yo misma la puerta con un vigor innecesario que evidencia mi fastidio. Nadie se inmuta. Sin embargo, tres o cuatro pasajeros (tal vez más) ostentan todos los síntomas de aquello que mis tías abuelas llamaban romadizo. ¿Será que ya se han echado a muertos? Una señora de pelo blanco que ha subido en Belgrano, con una caja de violín y una canastita, se ha quedado dormida. Tiene aspecto de escandinava o de alemana. No sé por qué me inspira ternura y compasión. Duerme el sueño de los viejos que han abusado de sus fuerzas. Se la siente vencida por el cansancio. Un cansancio que viene de lejos. ¿Habrá acabado tan tarde de dar una lección? No; no viene de cumplir una tarea diaria. Está vestida para una fiesta, con un traje negro, «de circunstancia». Se ha puesto el sombrero con cierta coquetería. Ahora ya no puede más. ¿Quedará su casa lejos de la estación? La caja de violín y el canasto le van a pesar si el trayecto es largo y si tiene que recorrerlo a pie. ¿Estará frío el cuarto en que va a dormir? (Sueño con llegar frente a mi chimenea.) Se me ocurre que ha de vivir en el Tigre. Se ha dormido como sin miedo de pasarse de su estación.
¿Y esa otra mujer, con dos chicos? El mayor, de unos cinco años, traje marinero y boina (Almirante Brown, dice la boina, en letras doradas); el más chico, de meses, y muy envueltito en lana tejida. Ella, joven. Lo veo en su nuca y en su pelo. «Elle a le cheveux jeune» (como decía Chanel), a pesar de la consabida y desastrosa permanente. Lleva un sombrero de «liquidación» de gran tienda, entre nuevo y marchito por el manoseo; apelmazamiento de terciopelo y rosas. Su abrigo parece de corte casero. El chico de la boina Almirante Brown come desganadamente una galletita Lola que la mamá le dio para taparle la boca. Pero el intento fracasó. El chico pregunta y pregunta cosas. Está en la edad del incesante preguntar. La madre saca de una gran cartera de falso lagarto o yacaré un pañuelo usado y te suena las narices mientras él trata de esquivarse, retorciéndose. Los movimientos de la madre provocan el descontento y la protesta del envoltorio de lana tejida. De pronto estalla un llanto. La pobre muchacha no sabe cómo hacer callar a los chicos, ni dónde colocar su cartera de falso cocodrilo. Los chicos se mueven tanto, que no caben con su madre y el cocodrilo en dos asientos. Miro la nuca de pelo castaño. ¡Cuántos cuidados le han de costar estos vástagos, el abrigo, el sombrerito, los rulos de la permanente! Con esos rulos y ese sombrerito tiene que reconquistar diariamente a un marido que quizá la quiera o que quizá busque diversiones fuera de casa... Esto sí que es complicado. ¡Ay!, pienso, ¡qué trabajo cuesta ser feliz, particularmente entre los veinte y los treinta! El niño envuelto en pañuelos de lana seguía llorando. Bajaron en Martínez. Al llegar a su casa, ella habrá guardado en seguida su sombrero. Parecía una mujer muy ordenada.
En San Isidro, mi destino, no encontré taxi. Esperé hasta que regresó uno de llevar al cliente. Resultó ser un chauffeur que conocía la quinta donde vivo como sus manos. Además, le gustaba conversar. «Hace veinte años, yo venía aquí (se refería a la quinta) dos veces por día a traer una cocinera, una morena, gorda. ¿Se acuerda, señora?... ¡Qué tiempos aquéllos! Habrá fallecido ya la cocinera, ¿no?»
¡Qué corta es la vida, pensé, y qué verdad encierran siempre los lugares comunes más comunes! Lo que no comprendo es cómo siendo la vida tan corta (todos lo comprobamos a diario), resultan tan largos los viajes de Retiro a San Isidro en el rápido de las ocho y cuarto. Creo que ha de ser cuestión de chiflones.
(De En la calle. En Soledad sonora. Buenos Aires, Sudamericana 1950)
jueves, 6 de septiembre de 2012
Frío, frío, congelado...
- ¿Perdió algo, Maestro? -preguntó el hombre.
- Sí, mi llave -contestó Nasrudín, muy concentrado.
El hombre se agachó para ayudar en la búsqueda. Pero después de un rato, seguían sin tener éxito. El hombre comentó:

- ¿Está seguro de que se le cayó por acá, Maestro?
- No, seguro que fue en mi casa.
- Y entonces ¿por qué la está buscando en este lugar???
- ¡Porque acá hay más luz!
sábado, 4 de agosto de 2012
Alicia ya no viaja así
El lunes estreno la SUBE. Deséenme suerte.
domingo, 26 de febrero de 2012
Vicki mon amour
sábado, 14 de enero de 2012
Don't mess con mi pelo, papi
martes, 11 de enero de 2011
Para los que hemos mirado las canciones de María Elenita
Muchachos, se fue María Elena, y tenemos que seguir cuidándole el mundo que creó. Propongo que nos repartamos las tareas:
Uno que abrigue a la leche que tiene frío.
Uno que no le tire con cuchillo a la naranja que se pasea de la sala al comedor.
Uno que prevenga a la hormiga Titina de los peligros de caminar con maña por la telaraña.
Uno que se lamente porque el último tranvía que rueda todavía se vaya, se vaya, se vaya.
Uno que sea duende fiel del jardín y les toque el cascabel a las flores cuando estén tristes.
Uno que sienta llover una flor y otra flor celeste de jacarandá al este y al oeste.
Uno que tome solcito a la orilla del mar con Perro Salchicha.
Uno que adivine, adivinador, adivine.
Uno que le pregunte a Manuelita dónde va.
Uno que escuche cantar mucho a Juan Poquito.
Uno que baile chacarera con los gatos.
Uno que piropee a la bella sirena buena buena.
Uno que apunte con el dedo a la reina Batata.
Uno que no llore con la vacuna Luna-luna-lú como el brujito de Gulubú.
Uno que avise que por el camino vienen los Reyes Magos.
Uno que no se ría de las monerías de la Mona Jacinta.
Uno que vea vea vea que vuelan estampillas por el correo.
Uno que consuele al gato Confites cuando le duela la muela.
Uno que junte tira con tirita, y ojal con botón.
Uno que llame José al sol cuando sale y escuche al pajarito chino cantar en japonés.
Uno que cuente las cosas que quería comprar el osito Osías en un bazar.
Uno que rumie la lección en un rincón junto a la vaca de Humahuaca.
Uno que vea o no vea al gato que pes- allí, allí, sentado en su ventaní-.
Uno que perdone a la viuda Pájara Pinta ponerlo triste cuando la oiga cantar.
Uno que anuncie que en Belén ha nacido un Niño con tres pecas en la nariz.
Uno que no espante a las polillas que comen lana de color con cuchillo y tenedor.
Uno que le unte la mermelida Don Enrique del Meñique, el que se enganchó los pantalines.
Uno que adivine quién es ésta, que está en el aljibe con su camisón.
Uno que mire sin ver los mil quinientos treinta chimpancés del señor llamado Andrés en el Reino del Revés.
Uno que estornude a-a-a-a-a-a-chís.
Uno que escuche a D's dictándole el argumento al señor Juan Sebastián.
Uno que dé un pasito para allí y no recuerde si lo dio.
Uno que pida que se enciendan las nuevas luces del viejo varieté.
Uno que se queje de lo vivos que son los ejecutivos.
Uno que publique que una madre ama a su crío con su caca, en plena vigencia del País-Jardín-de-Infantes.
Uno al que le duela si se queda, pero que le duela si se va.
Uno que a la hora del naufragio y la de la oscuridad nos rescate para ir cantando al sol como la cigarra.
© El muy walshesco siervo de vuestras reverencias, aka Mariano Hellmuth
10/1/2011
domingo, 28 de septiembre de 2008
Así: Mundo 1, Yo 0
Por lo general desprecio la actitud que tienen las personas que se encuentran aturdidas por «el mundo», que tan poco los comprende y tantas desgracias les acarrea.
Como me gusta decir, siete mil millones de personas no pueden estar equivocadas. ¿No es más fácil, más prudente, más piola, más afectivamente económico suponer que es uno el que tiene el punto de vista inadecuado?
Siguiendo con la línea de Gibran, dejo otro texto del mismo libro. Pero no considero a Gibran un resentido, aunque se dirija a algún dios. Busca la solución al problema del mundo fuera del sistema de este mundo, pero expresa tan profundamente las cosas, que le concedo el beneficio de la duda. El mundo que pinta es muy similar al que veo yo, pero a mí me gusta buscarle otra vuelta...
Dios de las almas perdidas, Tú que estás perdido entre los dioses, escúchame;
Destino Gentil que velas por nosotros, locos, espíritus fugitivos, escúchame:
Habito en medio de una raza perfecta, yo, el más imperfecto.
Yo, un caos humano, una nebulosa de elementos confusos, transito entre mundos acabados, gentes de leyes cabales e impecable orden, cuyas creencias están contabilizadas, cuyos sueños están calculados, y cuyas visiones están ya anotadas y registradas.
Sus virtudes, oh Dios, están medidas, sus pecados están sopesados, e incluso las incontables cosas que ocurren en el oscuro crepúsculo de lo que no es pecado ni virtud están guardadas y catalogadas.
Sus días y noches están divididas en etapas de comportamiento y gobernadas por reglas de una exactitud impune:
Comer, beber, dormir, cubrir la propia desnudez, y hasta estar cansado en el momento indicado;
El trabajo, el juego, el canto, el baile, e incluso irse a dormir cuando el reloj indica la hora;
Pensar de cierto modo, sentir de determinada manera, para dejar de pensar y de sentir cuando una estrella se eleva sobre el horizonte;
Robar a un vecino con una sonrisa, el darse regalos con un simpático gesto, elogiar hábilmente, inculpar cautamente, destruir un alma con una sola palabra, calcinar un cuerpo con el aliento, y también lavarse las manos cuando el trabajo del día ha finalizado;
Amar de acuerdo a una regla estipulada, satisfacerse a sí mismos del modo acostumbrado, adorar a los dioses convenientemente, intrigar a los demonios arteramente… y después olvidarlo todo, como si la memoria hubiese muerto;
Tener afecto con algún motivo, observar con consideración, ser felices dulcemente , sufrir noblemente… y luego vaciar la copa que mañana nuevamente habrán de llenar.
Todas estas cosas, oh Dios, son concebidas con juicio, generadas con determinación, cuidadas con rigor, manejadas por normas, regidas por la razón, y asesinadas y sepultadas siguiendo un método prescrito. Hasta sus tumbas silenciosas, que yacen en el interior del alma humana, están rotuladas y numeradas.
Éste es un mundo perfecto, un mundo de excelencia intachable, un mundo de sublimes maravillas, el más exquisito de los frutos del jardín de Dios, el esquema perfecto del universo.
Pero ¿por qué debo estar aquí, oh Dios, yo, una semilla infértil de una pasión insatisfecha, una loca tormenta que no va hacia el oriente ni el occidente, un azorado despojo de un planeta arrasado?
¿Por qué estoy acá, oh Dios de las almas perdidas, Tú que estás perdido entre los dioses?
viernes, 26 de septiembre de 2008
Un poema para el otro
Amigo, yo no soy lo que parezco. Mi apariencia es un atavío que llevo, un abrigo que me protege de tus cuestionamientos, y a vos de mi negligencia.
El «yo» que hay en mí, mi amigo, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá por siempre, inadvertido, inasequible.
No pretendo que creas en lo que digo, ni que te fíes de mis acciones, pero mis palabras no son nada sino tus propias ilusiones transformadas en voz, y mis acciones son tus esperanzas, hechas realidad.
Cuando decís: «El viento sopla hacia el este», digo: «Ah, sí, sopla hacia el este», porque no quiero que sepas que mi mente no está en el viento, sino en el medio del mar. No podés comprender mis pensamientos navegantes, ni me preocupa que los comprendas. Estoy en el mar, solo.
Cuando es de día para vos, mi amigo, es de noche para mí; incluso te hablo del sol del mediodía que danza por las colinas y de la sombra púrpura que se cuela furtivamente entre los valles, para que no puedas oír los sones de mi oscuridad, ni verme agitar mis alas hacia las estrellas. Pícaramente no dejo que puedas oírme ni verme. Estoy en la noche, solo.
Cuando ascendés a tu cielo, yo me bajo a mi infierno; desde allí tu voz atraviesa nuestro abismo invadeable, y me dice: “¡Mi par, mi camarada!”, y te respondo: “¡Mi par, mi camarada!” para que no puedas ver mi infierno. Las llamas abrasarían tu vista, y el humo te dañaría. Yo amo a mi infierno; tanto, que no te dejo visitarlo. Estoy en el infierno, solo.
Vos amás la Verdad, la Belleza, la Rectitud; y para darte el gusto digo lo mismo, y finjo amar esas cosas. En lo más íntimo de mi corazón, yo me río de esos valores tuyos. Pero no te dejo ver mi risa. Yo me río, solo.
Mi amigo, sos bueno, candoroso y sabio; ¡qué va! Sos perfecto. También yo te hablo sabiamente y candorosamente. Pasa que yo… yo estoy loco. Pero disfrazo mi locura. Estoy loco, solo.
Mi amigo, vos no sos mi amigo. Pero ¿cómo hacértelo entender? Mi camino no es el tuyo, pero vamos juntos, mano en mano…
El muy humilde amigo de vuestras reverencias
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Pandemia de autorreferencialidad
Y todo por tener un Omega
Con delay, un par de días después, me vino a la mente la mejor publicidad que recuerdo haber visto, hace como una década, en El show creativo de mi coterráneo Gujis -y que Youtube no ha tenido la generosidad de refrescarme esta vez-. Era de los relojes Seiko, sobre un hombre y una mujer, caminando en la multitud -ah, los que vivieron aunque sea un par de años con conciencia en los 80 me comprenderán-, en direcciones que los llevarían inexorablemente a chocarse, a mirarse, a conocerse, y a comenzar a considerar el resto del tiempo como un asunto de dos.
Y no, cuando convergieron en el punto fatídico... ni llegaron a rozarse, y siguieron de largo. Uno de los dos seguramente no usaría un Seiko, y por un segundo mal calibrado no fue lo que iba a ser.
¿Adónde quiero llegar? Como siempre, a ningún lado.
Para un rato de ocio, o de tribulaciones: «Cobardía» de Luis Durand y «El relojero» de Mamerto Menapace (¿Reminiscencias catolicosas? No, el cuento es muy lindo, pese a la analogía inverosímil).
El muy humilde siervo de vuestras reverencias
La función agota al órgano
De repente, casi hombre, me veo dueño una serie de nuevos órganos, que, como todo órgano, yo no elegí tener, y a los cuales tendré que asignar alguna función, para que no se vuelvan un contrapeso.
Ahora se me ocurre estúpidamente que la vida es un plan como los que te diseña un empleaducho ignorante -de esos que escrituraron la década pasada-, y que te venden unos energúmenos por teléfono, y que vos aceptás comprar y pagar; pero, leyendo la letra chica del contrato que te envían semanas después de la adquisición, te das cuenta de que hay una serie de intereses y servicios extra que no te queda otra que pagar... hasta que puedas rescindir. Y no hay protección al consumidor que pueda con tan poderosa empresa multiplanetaria...
El muy humilde siervo de vuestras reverencias
Fatiga atlántica

Tenés los hombros irreconocibles por las escaldaduras de mi firmamento. Las venas de tu cuello laten como si por ellas corriera lava, y no sangre. Las gotas de tu sudor se funden con las lágrimas de tu agotamiento. Tus codos se sacuden con una cadencia de Vesubio. Tu faz de Ecce Homo mueve.
Alguna vez mi bóveda te iba a empezar a pesar, y ese momento es definitivamente éste. Es muy difícil acomodar los astros... más cuando muchos de ellos se mantuvieron inertes veintiséis años.
Que no falle tu muñeca.
lunes, 18 de agosto de 2008
Pour Connie, avec tout mon amour [Posteo original: 22/12/06]
Este fotolog se va liquidando, ella lo exigió, y la justicia es hacerlo:
Porque es la única mina de mi entorno que curte estas cosas raras como un fotolog y me guía en sus laberintos como Ariadna cibernética, y no me hace sentir el único salame, ni me critica lapidariamente mis posteos –aun siendo propietaria de la lengua más filosa que conozco–. Y encima, firma.
Porque es la única que nunca me dice “No”, ni “Sí, pero...”, sino: “Uuuuuuuh, Marian, ¿cuándo empezamos?”.
Porque es el único personaje que aparece discretamente una y otra vez en mi biografía, desde que éramos muy pibes –aunque nunca acreditó tener esa foto mía de impúber en Maciel–, como el Govinda de Siddharta, la Jenny de Forest Gump y el Bo-bo de Mr. Burns.
Porque, a raíz de eso, es la única figurita que está en casi todos los álbumes de la gente de nuestra generación de Adrogué –prácticamente TODOS la conocemos desde chicos–.
Porque es la única que se bancó conmigo pasar la madrugada del primer día de este año en Adrogué, cuando todos los otros esnob (ja, ja, ja...) se fueron a la fiesta del San Albano.
Porque es la única que me prestó su camilla esa misma noche, cuando me achacaban mi hipo crónico y mi gamba acalambrada.
Porque es la única que se prende en una conversación filosófica, literaria y farmacológica, ya sea en inglés, francés o portugués.
Porque es el único ser humano que conozco que me demostró que le pudo sacar el jugo a Freud.
Porque es la única persona que, sin seguir a la manada, es capaz de ser igual a sí misma.
Porque es mi única sacerdotisa del Falgos, Ibupireta, Clonazepam o Sildenafil.
Porque brindaremos el 8/12/2081 y el 16/3/2086.
Para la hetaira monegasca, latina y semita, va dedicado este merecido posteo
Crónicas de un cumpleaños II: Cantinero, sirva otro champú, que invita María... [Posteo original: 13/12/06]

Crónicas de un cumpleaños I: ¡Toda! [Posteo original: 9/12/06]
VINGT-CINQ TWENTY-FIVE VINTECINCO FÜNFUNDZWANZIG VENTICINQUE VEINTICIGASINCO [Posteo original: 8/12/06]
The Blue Rose [Posteo original: 7/12/06]
Les paso un testimonio personal a la víspera de mi natalicio. [N. del R: Qué añoranzas... todavía tenía 24 pirulines...]
Jenny es una nena, una nena adorable de ojos castaños y de cabello también castaño oscuro.
Si el pelo se le viene a los ojos, lo corre a un costado, pero no se lleva la mano a la frente directamente, como cualquier otra nena. Ella la hace revolotear como una flor al abrir sus pétalos. Y después aparta los cabellos que le cubren los ojos.
Y es que ¿saben? Jenny es diferente. ¿Diferente? Sí, diferente a la mayoría de las nenas. Porque indudablemente no todos somos iguales, no pensamos igual, no actuamos igual, ni nos vemos igual.
Para mí, Jenny es una rosa azul. ¿Cómo, una «rosa azul»? ¿Han visto alguna vez una rosa azul? Hay, desde ya, rosas blancas y rosas color rosa; hay rosas amarillas y, por supuesto, montones de rosas rojas, pero... ¿azules?
Todo buen jardinero quisiera cultivar una rosa azul. Sólo por verla, muchedumbres enteras vendrían de muy lejos; sería una rosa singular, diferente y bellísima.
También Jenny es diferente. Por eso, a su modo, se parece a una rosa azul.
Cuando Jenny vino del hospital a casa era una bebé rosada, tierna y redonda, que lloraba más que otros chicos. ¿Por qué? Porque tal vez veía otras sombras que la atemorizaban. Percibía quizás sonidos que eran extraños para ella. Cuando fue un poco más grande, Jenny estaba siempre al lado de su mamá y se abrazaba a ella con fuerza.
Según cuentan, cuando un gatito pierde la cola, se le afina el oído. Es cierto que la cola ayuda al gato a correr más rápido, pero un gato sin cola oye mejor y percibe las pisadas más pronto que los otros gatos. Cierta gente ignora que tales gatos tienen un oído finísimo: sólo ve que les falta la cola. No faltan chicos crueles que al mirarlos se burlan: «¡Gatito sin cola! ¡Gatito sin cola!». A veces, Jenny corría buscando a su mamá y la abrazaba fuerte. Al menos sin ninguna razón que notemos a simple vista.
Así, acabamos comprendiendo que Jenny vivía en un mundo un poco diferente, en cierta forma desconocido para nosotros. Y comenzamos a darnos cuenta de que habitaba un mundo en el cual quizás nosotros no nos sintiéramos tan bien como en el nuestro propio. Tal vez el ir a él equivaldría de algún modo viajar a otro planeta.
Podría decirse que Jenny se encuentra detrás de un biombo, un biombo invisible para nosotros. Tal vez esté pintado de colores preciosos. Es posible que estos colores la distraigan y que a veces le impidan prestarnos atención cuando le hablamos . O quizás, es que escucha alguna música que no alcanzamos a oír.
Se asegura que los peces usan un lenguaje y una música que sólo ellos pueden interpretar, traída por las olas. Una música que no podemos oír, porque el oído humano no es lo bastante delicado. Puede ser, entonces, que Jenny quizás perciba sonidos que nunca oímos nosotros. Tal vez por eso suele dar un salto y entregarse a su baile desgarbado.
En ocasiones me figuro que Jenny es como un pájaro, un pajarito de alas muy cortas. Para un ave así, volar es difícil: le exige más fuerza, mayor trabajo, más tiempo. Para el ave de alas normales, volar es natural, pero el pájaro alicorto tiene que esforzarse más para aprender. En cierto modo, tiene que ser más inteligente. Y por lo tanto, debemos comprender cuánto ha logrado Jenny después de que aprende algo.Y todavía existe otra Jenny, que, cuando sopla el viento, alguna tarde tormentosa de invierno, está sentada en su mecedora, sola, hamacándose, arrullando a su muñeca en brazos. Se siente perpleja e inquieta en su interior; y murmura despacito: «Mami, Sally dice que soy retrasada. ¿Qué quiere decir eso, mamita? “Retrasada”, repiten los chicos, y se ríen. ¿Por qué se ríen, mamá?».
Hay muchas cosas que Jenny no puede comprender. Y hay muchas cosas, también, que otras personas no entienden al tratarse de Jenny. Que Jenny es como un gatito sin cola, que es otra la música que llega a sus oídos... que Jenny es como un pajarito de alitas cortas, y que por ello necesita protección.
Jenny es como una rosa azul, delicada y exquisita. Y, siendo tan pocas las rosas de color azul, sabemos muy poco de ellas. Sólo sabemos que hay que cuidarlas con mayor esmero... y quererlas mucho más.
Hans Moleman's Attitude [Posteo original: 6/12/06]

jueves, 14 de agosto de 2008
Carissimi amici miei...
Por lo pronto, cumpliré con el primer objetivo. Arrivederci, juantoperos.
- Los textos llevan su fecha original de publicación.
- Los comentarios en rojo y entre corchetes son aclaraciones necesarias para la comprensión del contexto.
- Los párrafos entre corchetes y en bastardilla son funcionales a la mecánica del fotolog, pero no de este blog.
